
De esta manera se destaca que la falta de
estimulación puede tener efectos permanentes e irreversibles en el desarrollo
del cerebro, pues altera su organización, y las posibilidades de configurar las
estructuras funcionales que han de constituir la base fisiológica para las
condiciones positivas del aprendizaje.
Se han dado muchas definiciones de a qué se le
llama, o se conoce, por plasticidad del cerebro. Así, por citar algunas, Gollen
la categoriza como la capacidad, el potencial para los cambios, que permite
modificar la conducta o función y adaptarse a las demandas de un contexto – con
lo que se refiere principalmente al cambio conductual – mientras que Kaplan la
plantea como la habilidad para modificar sistemas orgánicos y patrones de
conducta, para responder a las demandas internas y externas, que en cierta medida
amplía el concepto conductual. C. Cotman la define como una capacidad general
del cerebro para adaptarse a las diferentes exigencias, estímulos y entornos, o
sea, la capacidad para crear nuevas conexiones entre las células cerebrales, y
que permite que, aunque el número de neuronas pueda mantenerse invariable, las
conexiones o sinapsis entre estas pueden variar, e incluso incrementarse, como
respuesta a determinadas exigencias.
La privación sensorial o la estimulación
temprana producen alteraciones en el desarrollo perceptivo, en la conducta
exploratoria y en la capacidad de aprendizaje y de solución de problemas del
individuo adulto, pero también tienen efectos en la conducta social.
Los péptidos cumplen una función de mensajeros
entre el sistema nervioso, endocrino e inmunológico, integrándolos en una red
psicosomática, a estos se los conoce como hormonas, neurotransmisores,
endorfinas, factores de crecimiento y otros, juegan un papel importante en las
comunicaciones a través del sistema nervioso y se les conoce también como la
manifestación bioquímica de las emociones que influyen en el comportamiento y
en el estado anímico.
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